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El magnicidio consumado en la persona del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá el 9 de abril de 1948, es uno de los hechos de mayor impacto negativo en la historia de Colombia, no solamente por los estragos de la indignación popular sino también por todo lo que significó ese crimen en la vida de la nación.

No fue la de Gaitán una muerte casual. Sus enemigos lo tenían marcado desde cuando su pensamiento crítico puso en evidencia las enormes brechas que se acumulaban en la nación en lo social, en lo político y en lo económico. Un modelo basado en la división de clases, como caldo de cultivo de la pobreza, la violencia y la desigualdad en todo.

Gaitán encarnaba la lucha contra la hegemonía del poder ejercida por castas abusivas e insensibles ante las abrumadoras necesidades insatisfechas. Denunciaba y trazaba rumbos. Su discurso era la inconformidad en voz alta. Llamaba la atención respecto al contubernio de las que él llamó oligarquías liberales y conservadoras.

Tras su derrota electoral en 1946, Gaitán asumió la conducción del Partido Liberal y enarboló la oposición contra el Gobierno conservador que presidía Mariano Ospina Pérez, con el apoyo beligerante de Laureano Gómez. La violencia partidista se hizo cotidiana y los liberales no solamente fueron sacados del poder, sino también convertidos en víctimas. Se impuso la consigna de “A sangre y fuego” y el saldo de muertos dejados por el sectarismo banderizo superó los 200.000.

Las hostilidades criminales llegaron a tal punto que Gaitán promovió una concentración masiva la que se llamó “Manifestación del silencio” el 7 de febrero de 1948. Pronunció entonces uno de sus discursos más categóricos para reseñar la barbarie padecida. Entonces dijo: “Señor Presidente: En esta ocasión no os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no transite por caminos que nos avergüencen ante propios y extraños. ¡Os pedimos hechos de paz y de civilización!”

Setenta años después de la muerte de Gaitán el país sigue acosado por la violencia de diversos grupos armados, a pesar del alivio que ha representado la desmovilización de las Farc. El conflicto se ha disminuido, pero se requiere que los actores armados  generadores  de violencia se pongan del lado de la paz y se sumen a la corriente de partidarios de los cambios acordados con el compromiso de no repetición de atrocidades, de  hacer efectiva la reparación a las víctimas y el  fortalecimiento de la democracia. 

Gaitán debe ser tomado en cuenta como referente de paz, para que Colombia no siga con esa soga al cuello que es la violencia como arma política. Él lo expresó en forma sentida: “Queremos la defensa de la vida humana, que es lo que puede pedir un pueblo. En vez de esta fuerza ciega desatada, debemos aprovechar la capacidad de trabajo del pueblo para beneficio del progreso de Colombia.   

Por Cicerón Flórez Moya