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Por Cicerón Flórez Moya

Es mejor no caer en negativos presentimientos –muchas veces premonitorios- y abrirle un compás de confianza al nuevo Contralor General de la República, Carlos Felipe Córdoba, elegido con amplia votación por el Congreso.

Políticamente el doctor Córdoba hace parte de la coalición frente nacionalista que ascendió al poder con la elección de Iván Duque a la Presidencia de Colombia. Pero él se ha comprometido a ejercer sus funciones conforme a la Constitución y las leyes. Lo que quiere decir que el control fiscal de la nación no estará amarrado a intereses particulares y que la entidad no se convertirá en escenario de la politiquería, ni del clientelismo. Que  así sea.

Hay quienes tienen reservas respecto a la influencia que pueden ejercer sobre la gestión del Contralor quienes encendieron la luz verde para su elección. Piensan que podrían pasar cuentas de cobro los que orquestaron la campaña y por consiguiente le dieron aire para su vuelo.

No faltan las tentaciones y no dejan de latir las ambiciones respecto a las posibilidades de poder para hacerse al manejo de cargos disponibles, tanto más cuando la Contraloría cuenta con una nómina de más de 4.000 funcionarios y un presupuesto de alta cuantía.

El desbordamiento de la corrupción en el país ha pasado de la alarma a la preocupación por los efectos que puede generar a futuro ese mal.  Y de ese riego no está exenta la Contraloría, por lo cual tendrá que desempeñar una acción decisiva en la lucha ya en marcha. Esa responsabilidad le dará protagonismo de vanguardia. Mas no se trata de promesas mediáticas sino de actos que impongan una conducta diáfana generalizada a fin de impedir que sigan haciendo metástasis la desfachatez y la abyección en el manejo de los recursos del Estado.

El Contralor debe dar repetidas demostraciones de que no es dependiente de las roscas clientelistas que han hecho posible la degradación de la función pública. No es ficha para el juego de la picaresca de los de cuello blanco, acostumbrados a acuñar utilidades mediante el aprovechamiento del poder. Años atrás los Contralores en Colombia terminaron su gestión en medio de escandalosos enredos, sancionados judicialmente. Algo que no debe tener repetición. La Contraloría debe ser una entidad de absoluta transparencia, respetable en todo.  Y sus actos están llamados a garantizar el manejo correcto de los recursos oficiales, sin ninguna concesión a los carruseles proclives muchas veces  a prácticas punibles.

El Contralor Córdoba tiene que ejercer sus funciones con demostración tanto de idoneidad como de rigor ético. Es su deber y es del interés de los colombianos, hastiados de las trampas que se montan para el aprovechamiento ilícito en el sector público, con conexión algunas veces a empresas privadas.

Ser Contralor es una función que debe preservar el buen nombre de quien desempeña el cargo.

Twitter:@notillano  Web:notillano.com (Cicerón)