Suscríbete
 
 

Categoria: 

En estos días en que muchas personas deciden ´lavar sus culpas´, como ejercicio de su fe religiosa, para ponerse a salvo de supuestos castigos divinos, es común la expresión del arrepentimiento por las faltas cometidas. Reconocen que han obrado mal, en perjuicio de sus semejantes.

Sin embargo tantos azotes, o golpes de pecho, o la confesión de pecados acumulados, parecen ser más actos de apariencia, que de reparación de los daños causados. Generalmente no se trata de corregir la conducta desviada y todo se reduce a un engañoso corte de cuentas. Es la simulación amparada en la fórmula dogmática de que “el que peca y reza empata”.

El barniz de moral con que se pretende mitigar desatinos que contrarían los mandamientos católicos, no es suficiente. No produce el efecto de un cambio de actitud. Casi siempre se repiten las dañinas acciones, como se ha visto no solamente en actos cotidianos de alguna incidencia perturbadora en las relaciones entre individuos de diferente condición, sino también en otros de mayor alcance.

La moral ejercida con un criterio de abstracción no cumple su finalidad correctiva. Aunque parece apartarse de lo que lleva a esa noción de perdición, no tiene fuerza para romper con el conformismo que impone la sujeción a creencias apartadas de la realidad.

Se necesita que quienes se arrepientan de su pasado descomedido o atroz lo hagan con la voluntad y la convicción de reparación a sus víctimas. Pedir perdón no es una excusa en el vacío. Es el reconocimiento de una agresión contra la vida, los derechos o los bienes de personas reales y por consiguiente merecedoras de un resarcimiento proporcional a los perjuicios ocasionados. Lo cual debe estar ligado a la justicia y el derecho para que no queden cabos sueltos como obstáculos a los fines de reconciliación propuestos.

Y cuando la codicia es la que se impone es indispensable que se aplique la justicia con todo su rigor reparador. Ante abusos cometidos con tanta sevicia criminal, como lo hicieron los que despojaron  a los campesinos de sus tierras de trabajo, esos acaparadores con ínfulas feudales, amparados por los cómplices del pasado Gobierno, hay que actuar sin dejar lugar a maniobras de rábulas perniciosos.

Lo que ahora se ha conocido de las operaciones del excongresista y aliado de paramilitares, Otto Bula, pone en evidencia el aprovechamiento criminal que grupos de empresarios y agentes políticos hicieron del conflicto armado. Para ellos la violencia ha representado un negocio lucrativo hasta el exceso. Por eso son opuestos a los acuerdos de paz. Quieren que el país siga sumido en el atraso y que las condiciones de pobreza y de desigualdad se mantengan como carnada para la pesca de riqueza en que están empeñados. La riqueza a costa de los colombianos condenados a sufrir la codicia de unos cuantos traficantes de la muerte, con arrepentimiento engañoso.

Por Cicerón Flórez Moya

Publicidad