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Como la extrema derecha colombiana se mueve entre el miedo, ante la posibilidad de su derrota en las próximas elecciones y su proverbial beligerancia para infundir pánico, insiste en la propaganda sucia del ´castrochavismo´, en lo cual anda desde el plebiscito  del 2016.

Para los animadores de ese fantasma, el ´castrochavismo´ es una especie de peste para el país. Algo así como las siete plagas de Egipto. Pero en realidad, no se trata de eso. Los predicadores de esa presunta hecatombe saben que mienten, porque no hay tal.  Su reacción de ese modo es contra los cambios que se tienen que hacer para consolidar la paz. A lo que se oponen es a un desmonte de los privilegios que han alimentado la desigualdad y entronizado la pobreza. También sienten como un suplicio la liquidación del feudalismo aplicado a la tenencia y explotación de la tierra. Les produce ira e intenso dolor la erradicación de la violencia, porque esta les ha servido para amasar fortunas y abusar del poder a la medida de la codicia que los excita.

Califican también de ´castrochavismo´ la lucha contra la corrupción y la defensa de los derechos humanos o la resistencia a la discriminación y la intolerancia. Su hábitat es la arena movediza de la distorsión y la conformidad con el engaño.

Si se tratara de oponerse al llamado ´castrochavismo´ como sistema de gobierno, en las elecciones tienen el medio  adecuado con el voto ciudadano. Pero prefieren la violencia. El exterminio de los dirigentes de la Unión Patriótica es revelador. Como en los años de la Guerra Fría, tras el holocausto nazi. Es la misma pócima del anticomunismo, cuya fórmula no fue más que la violencia oficial contra el pensamiento de quienes no se sometían al credo del establecimiento. Se impuso el delito de opinión y el ostracismo para los opositores. Esa prédica de satanización de los ideales democráticos sirvió de caldo de cultivo de las dictaduras militares con predominio en América Latina en borrascoso y largo período del siglo XX. Dictaduras de barbarie, de saqueo y de todas las formas de opresión, con entrega, además, de la soberanía nacional.

Con el fantasma del ´castrochavismo´ se pretende anclar la nación en el oscurantismo político a fin de impedir el relevo de quienes han explotado el poder en beneficio propio y para “la mezquina nómina” de que hablara Alberto Lleras Camargo.

Lo que no les gusta y califican de ´castrochavista´ es la denuncia de las perversiones que se volvieron recurrentes por parte de quienes han manejado el poder desde distintos frentes. Castas que sobreviven a costa de las víctimas de sus injusticias consentidas. Las mismas que se nutren de la polarización y la mentira.

Por Cicerón Flórez Moya