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La hiel del odio

Como un mal rutinario, el odio se volvió silvestre en Colombia, pero no solo debido a un sentimiento generado por disgustos relacionados con asuntos particulares, sino también como rescoldo del quehacer político o de la confrontación propia del conflicto armado o de las escaladas de otros grupos metidos en la carrera de la violencia.

Se odia por diferencias religiosas. Porque a fulano le molestan las creencias del otro. Hay intolerancia con respecto a cultos, como en la inquisición medioeval. Una forma de represión contra la libertad de conciencia.

La política también se convirtió en una fuente de resentimientos enconosos. Hay miembros de una misma familia que se pelean por motivos electorales. Se discriminan los candidatos por distanciamientos partidistas, muchas veces sin que se tenga claridad sobre lo que cada cual representa. La bravata es por afecto de cualquier orden, sin una motivación que corresponda a razones esenciales.

El uribismo es un pozo de odios recurrente. El propio jefe azuza esa devoción. Lo siguen con fidelidad los súbditos con credencial de congresistas o aspirantes a posiciones de poder y hasta gamonales del feudalismo criollo. En los tiempos de sectarismo liberal-conservador el odio hizo metástasis y sembró la violencia en el país, dejando en saldo de 200.000 víctimas, casi todas del Partido Liberal.

Otro surtidor de odio ha sido el conflicto armado. El dolor por las víctimas provoca desgarramientos hasta la desesperación. Quedan heridas que no se cierran fácilmente. Y las víctimas corresponden a uno y otro bando, porque la muerte, la desaparición, el desplazamiento, el desarraigo, la persecución, el secuestro y los demás suplicios de la guerra, afectan en distintas formas a todos si se mira en contexto ese remolino de desgracias.

Hay odio en los escenarios deportivos, entre las barras enfrentadas por el triunfo o la derrota de sus equipos. Se pelean hasta la agresión letal con ferocidad encarnizada. Caen en ese mismo fango herederos de compulsiva avaricia, por mal reparto de los bienes.

Otros odios saltan al ruedo por diversas mezquindades. Es un incendio de intereses en pugna, avivado por la abyecta condición humana de quienes deciden agotarse en la amargura.

No es fácil enfrentarse a ese torrente de desdichas de tan cotidiana expresión. Sin embargo, en el país se debe insistir en esfuerzos destinados a erradicar esa pasión negativa. En desarrollo del desmonte del conflicto armado se han dado encuentros de reconciliación entre víctimas y victimarios que le  dejan un saldo positivo a la paz.

El perdón es la sanación de los trastornos que han quedado del enfrentamiento cruento. Es la reconciliación dejando atrás lo que fue agresión, con la decisión de no volver a incurrir en esa comisión de ofensas. La cura del odio es prioridad nacional para erradicar esa fatalidad de hacerse violencias los unos a los otros. 

Cicerón Flórez Moya

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