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En marzo y mayo de este año serán elegidos en Colombia mediante votación popular, congresistas (senadores y representantes a la Cámara), Presidente   y Vicepresidente de la República. Es la mayor participación política concedida a los ciudadanos para decidir sobre quienes tendrán el manejo del Gobierno nacional durante un período de cuatro años. El ejercicio de ese derecho de elegir impone responsabilidades y estas deben asumirse tomando en cuenta el interés general.

En un país como Colombia, donde la política está contaminada de violencia, corrupción, mentiras, traiciones, turbideces en todos los niveles del poder, distorsiones abusivas y privilegios en beneficio de los carruseles de la ilegalidad, se hace necesaria una reacción colectiva que le ponga punto final a semejante descarrilamiento.  Hay que abrir espacios de opinión militante. Es la oportunidad de convertir las elecciones en una corriente de cambio a profundidad para impedir que siga esa práctica viciada de “más de lo mismo”.

Las elecciones pueden ser el salto largo para la renovación del poder político. No es fácil, claro está. Pero no es imposible. Hay que hacer del voto un incentivo democrático, en el sentido de que sea respaldo decisivo a programas que ponen por encima del interés de los dirigentes aferrados a las picardías, las soluciones que demandan tantos problemas acumulados en la nación. Esto impone votar con libertad y derrotar el negocio de los traficantes que convierten los comicios en fraude.

Vender el voto es un acto de degradación. Es contribuir a la corrupción. Es dar paso a cuanto puede resultar dañino para todos. De ello se lucra una minoría, cuya conducta ilícita es extrema.

Las elecciones deben fortalecer el acuerdo de paz, haciendo posible los cambios con los cuales el país puede alcanzar el mayor nivel democrático. Es la construcción de una sociedad sin excluidos, con igualdad de oportunidades para todos, con respeto a las diferencias, con tolerancia, con una justicia sin ataduras a las trampas, con reconocimiento de los derechos.

Hay que hacer que las elecciones representen un triunfo del pueblo y no frustración. La clave está en acertar al momento de marcar el tarjetón de los candidatos. Por lo cual se les debe someter a un escrutinio riguroso que permita llegar a certezas sobre lo que realmente son y lo que pueden dar desde su gestión en beneficio colectivo.

Los aspirantes a los cargos de elección popular deben ser merecedores del voto de los ciudadanos. Y ese merecimiento depende de la conducta de sus actos, de su capacidad de gestión, de su fidelidad a los compromisos con la comunidad, de su transparencia y su conocimiento de los asuntos relativos a sus funciones. Un candidato tiene que ser una persona correcta, decente, libre de ataduras perniciosas.

Corresponde a los ciudadanos la responsabilidad de no caer en ligerezas al momento de votar. Solamente así el elector  salvará la legitimidad y le infundirá a la política su función concordante con el interés público.

Por Cicerón Flórez Moya

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