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Cicerón Flórez Moya

Aunque no se alcanzó el umbral, la Consulta Anticorrupción votada el 26 de agosto tuvo el respaldo de más de once millones de ciudadanos colombianos y su convocatoria ya había sido avalada por cuatro millones con firma autógrafa. Los partidos, las organizaciones sociales, más las diferentes vertientes de opinión    se han sumado a la causa que propone la erradicación de uno de los más devastadores males enraizados en la nación. Eso quedó reflejado en la reunión del pasado martes en la Casa de Nariño y a la cual concurrieron dirigentes de todas las colectividades, sin excepción alguna. Fue un encuentro de consenso y dejó como común denominador la unión para impulsar en el Congreso proyectos que le pongan dientes a las disposiciones encaminadas a desmontar el entramado que ha hecho posibles las trampas, el abuso de poder, la burla de los controles legales, la degradación de la justicia, la desfachatez de los pícaros y el cinismo de quienes han convertido el enriquecimiento ilícito en una práctica sin obstáculos.  La corrupción en Colombia es un monstruo con implacable capacidad de avasallamiento. Y sus actores son insaciables y perversos. Las operaciones o negociados que llevan a cabo para apoderarse de los recursos públicos, o utilizar en general el poder  en función de sus intereses,  están montados sobre cálculos ambiciosos. Las cuentas de los costos de las operaciones ilegales sobrepasan los 50 billones anuales, una suma con la cual podrían solucionarse problemas que provocan graves desajustes en la vida de gran parte de los colombianos.

Hay, sin duda, un ambiente positivo en la lucha contra la corrupción y ese ánimo colectivo debe aprovecharse para el fortalecimiento de las acciones encaminadas a desmontar la infraestructura de las mafias que tienen el manejo de las palancas que mueven los negocios de la ilegalidad a través de las contrataciones amañadas y de otras formas de la picardía oficial.  Esta no es una lucha fácil porque son muchos los intereses que tienen peso en la corrupción. Sus encantos apasionan a quienes son sus beneficiarios. Es el poder con privilegios fascinantes así también tengan riesgos de escándalos para el conjunto familiar o la seguridad de las personas en sus actividades y hasta sus vidas.

Si bien es cierto que la corrupción tiene rendimientos de bonanza y puede proporcionar los mayores regocijos también lleva a graves desvíos, dado que el dinero genera tentaciones a veces con delirio y de confusiones hasta el laberinto.

Lo deseable es que esta cruzada contra la corrupción promueva una cultura de la legalidad y lleve a los colombianos a la línea de la decencia y la democracia. La ética debe ser un sello común para los servidores públicos, los jefes de los partidos, los empresarios,  los ciudadanos en general. Y no se trata de un afán momentáneo, sino de una causa permanente. Es la oposición a los encantos corrosivos de un círculo pernicioso con efectos nocivos para todos.

Twitter:@notillano Web:notillano.com (Cicerón)