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Hace siglos la alquimia la iniciaron las mujeres con la formulación y manufactura de cosméticos y la preparación de tintes y colores.

Fue en Mesopotamia y en un inicio se llamó “obra de mujeres” y, con el tiempo, “arte hermético”.

María la hebrea es considerada la primera alquimista de la historia y vivió en el siglo II de nuestra era en Alejandría.  Escribió varios tratados de esta ciencia como lo reconoció Zósimo de Panópolis, gran alquimista egipcio doscientos años después.

María nos legó tres avances tecnológicos: un alambique de tres brazos, un recipiente para calentar sustancias y recoger sus vapores. Y el más conocido y usado aún hoy en día: El baño de María. Una mujer egipcia fuera de serie.

Hay que destacar todo esto e invitar a las mujeres a amarse, apreciarse y dar lo mejor de sí.

Al mismo tiempo, recordar esos logros es un llamado a valorar a la mujer y enterrar un machismo que aún hace estragos.  Florence Nightingale, 1820-1910, es una mujer a la que debemos mucho como científica y enfermera-matemática.

De niña clasificaba las conchas que recogía, anotaba datos sobre ellas y creaba tablas con números y datos.

Con su amor por los demás y sus habilidades con la estadística, mejoró del todo el estado de salud de los soldados.

Fue por allá en 1853 en una guerra en la que ella instauró la enfermería moderna y salvó millares de vidas.  Desde niña se aficionó a investigar y guardar datos, ya joven insistió en ser “una vulgar enfermera” como le decían.

Era de una familia aristócrata y adinerada que quería algo mejor para ella, pero no contaban con el poder de sus convicciones.   Nada hizo cambiar de opinión a esta mujer decidida, de espíritu fuerte, entrega rotunda y fe anglicana.

Creía que Dios la había inspirado para su misión. El día internacional de la enfermería es en su honor. Mujeres como ella son para conocer e imitar.

Por Gonzalo Gallo