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El conflicto armado de más de medio siglo en Colombia ha dejado 8 millones de víctimas, lo cual representa un atroz padecimiento de muerte, secuestro, extorsión, desaparición forzada, desplazamiento, despojo de bienes y otras formas de agresión y ultraje contra la vida de las personas.

La violencia impuesta por los actores de esta guerra alcanza niveles extremos de barbarie. Lo que ha ocurrido es una confrontación despiadada, cargada de odios y de siniestras visiones, con la fascinación  que les deja a los combatientes el triunfo de la fuerza  sobre el contrario.

Este capítulo de la lucha armada en el país equivale a cuantiosas pérdidas, no solamente materiales sino también de orden institucional. La violación de los derechos humanos implica una degradación de quienes caen en ese desacato.

Y con actos de esa naturaleza se afecta la democracia y se erosionan de manera grave los recursos que debieran destinarse a la solución de problemas sociales acumulados con peso abrumador.

El reconocimiento de la gravedad de la violencia generada por los diferentes grupos armados en la nación es generalizado. Sin embargo, hay sectores políticos que se resisten a los acuerdos de paz y prefieren seguir atizando esa hoguera del descuartizamiento entre adversarios, con menosprecio a las posibilidades de reconciliación.

Por fortuna, se consolidó el proceso de paz con las Farc y  ese frente de guerra dejó las armas y  entrará a la política como partido de plena legalidad.

Ese acuerdo hay que defenderlo contra todos los embelecos de sus opositores, para lo cual debe abrirse paso una amplia coalición de los sectores que buscan un mejor futuro para Colombia.

Esa gran coalición debe comprometerse también en la erradicación de todas las formas de corrupción y en la promoción de principios que le den a Colombia fortaleza en educación, salud, inclusión, equidad y respeto a los derechos y la libertad, en oposición a la arbitrariedad, el abuso de poder y la  picardía  en el ejercicio de la política.

A Colombia hay que sustraerla del riesgo del autoritarismo a donde quieren llevarla los extremistas de la derecha revanchista, aferrados a sus patrones clasistas y al determinismo según el cual los pobres deben seguir irremediablemente pobres  y aplastados por los privilegios de quienes se han hecho al monopolio del dinero.

Para las elecciones del año entrante hay que curarse de caudillismos y egoísmos a fin de salvar el acuerdo de paz y garantizar los cambios que requiere el país.

Por Cicerón Flórez Moya

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