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Desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX el bipartidismo creó la ilusión de que el país era una pugna.

Por: Ricardo Silva Romero

De El País Madrid España

Qué tanto se parece la Colombia del siglo XIX a la Colombia del siglo XXI: se parece, claro, porque en la Nueva Granada de 1848 los liberales se unían a los conservadores para aplastar en las elecciones al socialismo de la Sociedad Democrática de Artesanos –y para probar que los partidos no representaban pueblos ni clases, sino modos diferentes de reunir a “la gente”: la promesa de la equidad versus la promesa del cielo–, pero es mejor decir que “se parece” porque, ya que la población pasó de dos millones a cincuenta, ya que puede hablarse de sufragio universal desde que las mujeres votaron a favor del Frente Nacional en 1957 y la violencia y el narcotráfico y la tecnología han ocasionado silenciosas revoluciones sociales, habría que reconocer que el naipe colombiano se ha vuelto a barajar ya varias veces.

Es muy colombiano que el liberal César Gaviria pase de ser el presidente de 43 años que gritó “bienvenidos al futuro”, en su discurso de posesión en 1990, a ser el expresidente de 71 que grita “la gente tiene derecho a pensar que soy un truhan” luego de entregarle su partido a la derecha uribista –para enfrentar en la segunda vuelta de estas elecciones a la izquierda del exalcalde Petro– por algún plato de lentejas. Es típico de aquí que el establecimiento halle algún pretexto para reagruparse: en la lánguida segunda vuelta de 2010, el mismo Gaviria le endosó el mismo partido a Santos, el candidato uribista, porque un Gobierno del exalcalde Mockus era “un salto al vacío”, un salto al futuro. Y sin embargo es un error febril, de campaña, reducir este 2018 a “la élite versus el pueblo”.

Ni la campaña del humanista Petro puede ser resumida como la campaña de los desposeídos, ni la campaña del uribista Duque puede ser reducida a la campaña de los dueños del país, porque, como prueban las elecciones de este año, “la gente” hoy es de izquierda y de centro y de derecha y está desperdigada por todas partes.

Por un lado, el petrismo no es solo un movimiento popular sino también un ejercicio intelectual respaldado por figuras que cumplen décadas de hacer política. Desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX el bipartidismo creó la ilusión de que Colombia era una pugna sangrienta: “Una sociedad más equitativa pero caudillista” versus “una sociedad más jerárquica pero católica”. Hoy, luego de que el liberalismo se uniera al conservatismo en aquel Frente Nacional que conjuraba la guerra creada por ellos mismos, luego de que la apertura de la Constitución de 1991 hiciera más fácil armar movimientos políticos y más difícil retener a “la gente” en los partidos, tanto el establecimiento como sus antagonistas viven en busca de nombres que los reúnan.

Por otra parte, el uribismo no es solo el temor y el referente y el refugio de la clase política del siglo XXI sino también una expresión popular verificable en las urnas. Desde finales del siglo XX, cuando tanto las élites como los pueblos colombianos fueron barajados por el narcotráfico, la guerrilla y el paramilitarismo, los candidatos presidenciales se definieron en relación con una subversión que se había vuelto en contra del pueblo que decía reivindicar. Hoy, cuando las FARC no sólo han dejado de existir, sino de influir, cuando el plebiscito creó la ilusión de una sociedad partida en dos y a la izquierda ya no se le echa la culpa de la lucha armada, sino, con mucho menos éxito, del fracaso de Venezuela, los cínicos partidos han encontrado en Petro a un antagonista con vocación de antagonista.

Me temo que le ganarán la segunda vuelta. Sería un gran espectáculo que perdieran con él. Pase lo que pase esta vez, se están quedando sin pretextos para reagruparse. Y Colombia se parece a algo mejor.

Twitter:@notillano Web:notillano.com (El País)

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